martes, agosto 25, 2009

SAN GIL, CIELO AZUL Y GALLINEROS

SAN GIL, VERANEADERO SIN PAR Y GENTE LINDA

Río Fonce a su paso por el parque El Gallineral
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Detrás de la falda de la poetisa laureada Marga López Díaz volamos en Avianca con mi señora a regresar al paisaje de nuestros antepasados Guanes. Desde la ventana del avión bajamos hasta las profundidades casi abisales del Cañón de Chicamocha. Apenas comparables con aquellos otros de Colorado, USA. Imponente, una cuchilla enorme dividió en varios ramales la cordillera de Oriente para que discurriera por entre sus piernas, caudaloso, el río que le da su nombre.

Allí, a una hora en carro de Bucaramanga, la Ciudad Bonita, han construido a la altura de los mejores destinos internacionales de turismo, funicular, cabañas y restaurantes y se pueden distraer en deporte extremo quienes gustan del azogue en la garganta y la aventura. Pasa uno por delante de rojizos barrancos con deleznables figuras antropomorfas formadas por la erosión y va bordeando el río Chicamocha.

Lo acompañan en la carretera árboles de yarumo, pat´e´vaca, nogales, bongas y ceibas pentandras, caracolís, almendros, huesos, higuerones, cujís, anacos y cañafístoles y otros muchos. La vegetación es abundante, porque hasta allá no ha llegado la sierra con la tala entre los dientes.

A dos horas largas está San Gil resguardada entre cuatro montañas. Aunque está bañada por los ríos Curití y el Fonce tiene una temperatura cálida como sus gentes. Hacía 45 años no iba a esta ciudad con bella catedral y obispo, que respira cultura ancestral y bullen sus calles bien trazadas, como hormiguero de culonas.

Nos había invitado, sin conocernos, la gestora de poesía, Graciela Pereira de Gómez. En la casa de la Cultura, entre materas, pósteres y figuras del Museo Guane, realizaba un taller de poesía con niños de entre 6 a 14 años la maga Marga López. A las 7 p.m. del 5 de marzo, con una asistencia abundante en estos certámenes, se realizó un recital convocado por Chela. Es el tercer año que mujeres y niños y otros invitados, como Gloria María Medina y Édgar Montoya, ofrecen a la ciudad este manjar tan escaso en nuestro medio.

En la mañana siguiente, desayunamos con arepa de sal santandereana y chocolate espeso de Girón. Visitamos tiendas de artesanías de fique sangileño y nos calzamos con cotizas de piel de cerdas y suela de caucho.

De inmediato corrimos con afán al famoso Parque “El Gallineral”. Se llama así por la multitud de gallineros que nacieron allí y se hicieron ancianos. Cuando caen añosos, “en el pasado se acostaban en su tronco las gallinas”. Hoy se ven venerables con sus barbas grises, librando de los rayos del Coloso a los turistas y a las aguas frías del río Fonce que pasa cabalgando sobre piedras por sus costados. Nos acompañó Aidé, vestida de elegante campesina y nos maravilló con su ilustrado verbo. Nos fue mostrando las millonarias, el aro de jardín, el jazmín de leche, los carboneros clavellinos, los tulipanes himalayos y africanos, las camelias, cayenas y la bromelia, planta que nace y espera a morir cuando florece.

San Gil, deja al visitante enamorado. Sus gentes, su comida, su cultura, su pujanza y la paz que sólo se altera por las lluvias y tornados. Seguirán paciendo las cabras de leche en sus colinas escarpadas y las culonas en mayo saldrán a brindar su abultado cuerpo al paladar de los turistas.
14-03-09 10:45 a.m.